En Burkina Faso, los precios de los alimentos se devoran la vida

Por Lane Hartill

El menú de la cena en casa de Rasmané Ouedrago no ha cambiado mucho en las últimas semanas. Una vez más, la familia cenará hojas de árboles, rociadas con cenizas para quitarles el gusto amargo. Pero nadie se quejará, y menos Rasmané.

Rasmané Ouedrago.

Rasmané Ouedrago, un jornalero, compra papilla de mijo a crédito para el desayuno de sus hijos, Fatamata a la izquierda, y Salif. Foto por Lane Hartill/CRS

Es jornalero y ha pasado el día dándole a una maza de más de 11 kilos, partiendo cemento viejo en una fábrica de sillas de plástico, con lo que gana unos $37 por mes. Esto no es suficiente para Rasmané, sus cuatro hijos, su madre y su esposa. Por esos comen hojas de baobab y mijo barato. Una bolsa de arroz que duraría unas pocas semanas cuesta unos $55.

Al igual que Rasmané, unos 1.2 millones de personas se arrastran por la vida en la capital de Burkina Faso, Uagadugu, sumidos en diferentes grados de indigencia. Este país sin acceso al mar es uno de los más pobres del mundo. El 75 por ciento de las personas que vive en o cerca de las principales ciudades de Burkina Faso no tiene suficiente alimentación.

Los precios globales de los alimentos, que se propagan por todo el mundo, están golpeando muy especialmente a los pobres urbanos de África. Los habitantes de Burkina Faso gastan casi el 76 de sus ingresos mensuales en alimentos. Los estadounidenses, en cambio, solo gastan aproximadamente el 10 por ciento de sus ingresos anuales en alimentos, según la USDA. Es la cifra más baja de cualquier país del mundo, un 21 por ciento menos que en la década de 1950. Se puede decir que los precios altos de los alimentos han puesto de cabeza la vida de los burkineses.

Precios que duelen


Rasmané vive en medio del barro de Zongo, una zona muy pobre en las afueras de la ciudad. Ahora, durante la estación de las lluvias, es una madriguera de bebés descalzos y patios arenosos. Cuando el fresco de la madrugada ya da paso al calor del día, Rasmané se sienta frente a su casa de barro y mira a sus hijos que desayunan –bouille, una papilla grisácea hecha de mijo y azúcar.

Salif, el hijo de 5 años, con sus mocos y su camiseta de fútbol violeta como la del padre, y Fatamata, de 2 años, con su vestido lavanda encima de una pollera roja, están sentados en la tierra y sorben lentamente el desayuno. Rasmané dice que les gusta la papilla de cereales pero no está a su alcance, por lo que la compra a crédito a una mujer en el mercado.

Rasmané dice que nunca antes había visto un alza tan grande en el precio de los alimentos. El año pasado una porción de maíz costaba 50 centavos. Ahora cuesta $1.15. Una porción de mijo costaba 55 centavos. Ahora cuesta $1.25. Para una persona que nunca sabe si al día siguiente tendrá trabajo, estas oscilaciones de los precios duelen.

Después de fumar un cigarrillo, Rasmané se pone de pie lentamente y toma la bicicleta para ir a la ciudad. Antes de partir le deja a Sarata, su esposa, unos 22 centavos. Esto, junto con el dinero que ella obtiene vendiendo agua potable, deberá bastar para comprar alimentos en el mercado.

En su lugar de trabajo, Rasmané se saca el jersey y los pantalones, mostrando los calzoncillos desgarrados y una camiseta casi transparente. Hace semanas que no los lava, dice, porque el jabón es demasiado caro.

Antes de comenzar a trabajar come benga, una mezcla de chícharo salvaje molido, que tiene la textura del cuscús, con aceite. Costó 30 centavos. Es todo lo que puede permitirse.

Los efectos ocultos


Bangré Moussa, representante adjunto de Catholic Relief Services en Burkina Faso, dice que la situación de Rasmané y Sarata es común. La crisis de los precios de alimentos ha producido graves efectos en las familias, de los que suceden a puertas cerradas. Este año, dice, los padres tendrán más dificultades para poder pagar matrículas escolares y costos de transporte. Además, muchas personas ahora dependen de la “medicina callejera”: medicamentos dudosos en una caja de cartón que un joven sin estudios de medicina vende en la calle. Pero, dice Moussa, lo peor tal vez sea que se crean tensiones en los lazos familiares.

Rasmané Ouedrago y su familia.

Rasmané Ouedrago en el centro, con su esposa Sarata, sus hijas Fatamata, con capucha, y Ajirata, sentada, y su hijo Salif. Foto por Lane Hartill/CRS

“La mayoría de las personas que vive en la capital o en las ciudades más grandes apoya financieramente a su familia que quedó en la aldea, por lo que resulta evidente que la cohesión social sufrirá de alguna manera, ya que en el futuro no podremos ir a las bodas, a los entierros, ni podremos cumplir con los muchos pedidos de apoyo financiero que nos hacen los miembros de la familia”, dice. “Desde enero yo mismo he reducido la cantidad de viajes a mi aldea”.

No más hojas


Ha llegado el final del día y Rasmané toma en brazos a Fatamata, que ahora está vestida con una sudadera gris, sin pantalones ni zapatos. Se sienta en su silla plegable azul, se estira, y contempla el día. Está agotado. Mañana será más de lo mismo. Y el día siguiente también.

Frente a la crisis que afecta a tantos como Rasmané, CRS distribuirá canastos de alimentos a 1.500 familias pobres en Uagadugu y Bobo Diulaso. Cada persona del hogar recibirá además un cupón mensual de $50 que podrán usar para comprar 6 kilos de arroz, 1 kilo de frijoles, unas dos tazas de aceite de algodón y una porción de sal.

Para Rasmané y Sarata, esto no será el final de sus problemas. Ni cerca. Pero cuando esté sentado en el banco esperando conseguir trabajo, sabrá que sus hijos podrán comer y que podrá ahorrar un poco de dinero por cualquier emergencia. Y la mejor parte: No más hojas para cenar.

Lane Hartill es el asociado regional de comunicaciones para África occidental de CRS, con sede en Dakar, Senegal.

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