Adolescentes tratan de emigrar a Estados Unidos
Por Robyn FieserJosé Montelbaun tuvo que trabajar más de un día en una obra de construcción para comprarse unos zapatos deportivos. El tramo de 256 km. que separa Tecún Umán –en la frontera de Guatemala con México–de Arriaga es muy peligroso. Ponerse los zapatos atraería pandilleros, bandidos y hasta a autoridades corruptas que hacen presa de emigrantes como José.
El Río Suchiate es solo uno de los obstáculos que enfrenta José en su viaje al norte. Foto por Robyn Fieser/CRS.
Desde Arriaga José esperaba saltar a un tren y atravesar México camino al norte, pero antes tenía que vencer muchos obstáculos: el río Suchiate, entre Guatemala y México, luego los interminables senderos ocultos y los que viven de asaltar a los indefensos viajeros.
Este viaje, con sus maniobras para evitar el peligro, es común para jóvenes centroamericanos, arriesgando sus vidas por una mejor en Estados Unidos.
En búsqueda de cambio
A Catholic Relief Services le preocupa cada vez más el peligro que enfrentan estos jóvenes emigrantes, particularmente el tratamiento que reciben cuando son detenidos y deportados, y la posibilidad de que sean victimas de tráfico de personas. Hay poca información o investigación sobre la forma en que las políticas nacionales de detención y deportación podrían incrementar la vulnerabilidad de estas personas.
CRS organizó un estudio para monitorear a emigrantes centroamericanos –a veces durante semanas– en el regreso de México a sus países de origen. El objetivo era documentar la naturaleza y extensión de las violaciones de derechos que sufren.
"Estos jóvenes emigrantes son aquellos que no llegaron a Estados Unidos", dice Betsy Wier, directora del proyecto. "A pesar de los riesgos, la emigración se ha convertido en un rito de iniciación para los jóvenes. Los menores no acompañados son vulnerables a robo, extorsión, abusos y tráfico humano, además de agotamiento físico, hambre, sed y lesiones”, expresó.
El proyecto de nueve meses de duración, "Prevención del tráfico de menores. Monitoreo de la detención y el retorno de menores centroamericanos no acompañados", concluyó a finales de 2007. Fue un esfuerzo regional que incluyó CRS México, Guatemala, Honduras y El Salvador.
Se realizaron 745 entrevistas con menores emigrantes (de 12 a 17 años) en lugares claves –centros de deportación, cruces fronterizos y refugios– y se consultaron funcionarios de migración, entidades de bienestar infantil, personal consular y ministros de Estado, para evaluar qué servicios reciben los menores.
CRS calcula que 15% de los emigrantes centroamericanos en tránsito son niños y adolescentes no acompañados, unos 35.000 al año. El Servicio de Inmigración Mexicano (INM) deporta anualmente unos 5.000 niños y adolescentes no acompañados por un adulto, desde el sur de ese país.
Muchos emigrantes hacen el viaje para reunirse con familiares que se encuentran en Estados Unidos. "La desintegración de la familia, de eso se trata", dice el padre Ademar Barilli, director de la Casa del Migrante, en Tecún Umán, un refugio patrocinado por CRS que ofrece alojamiento y asistencia legal a emigrantes en movimiento –acogió a 16.000 el año pasado.
Recursos limitados
José, que se detuvo en la Casa del Migrante cuando iba a Arriaga, decidió emigrar por motivos puramente económicos. Siendo el mayor de siete hijos y con solo un segundo grado de primaria, necesitaba hallar un trabajo para sostener una familia extensa y a su madre soltera.
Muchos jóvenes se alojan en centros como La Casa de Nuestras Raices cuando esperan el regreso a sus hogares después de intentar migrar al norte. Foto por Robyn Fieser/CRS.
"Aquí no hay nada. Si compras comida, no puedes comprar ropa, y si compras ropa no puedes comprar comida", dice José, quien llegó hasta Nogales, México hace dos años antes de haber sido deportado a Honduras, donde ganaba menos de $4 al día trabajando en construcción.
Igual que José, la mayoría de estos muchachos no llega a Estados Unidos. La mayoría es detenida en México y algunos pasan semanas, incluso meses, de un centro de detención a otro hasta ser deportados.
De vuelta los jóvenes paran en lugares como La Casa de Nuestras Raíces, un centro de recepción del gobierno en Quetzaltenango para menores guatemaltecos. Este tiene capacidad para 60 personas, pero rutinariamente recibe autobuses con 100 menores o más.
Aunque el personal tiene la mejor disposición, carece de recursos para ayudar a los muchachos. No hay ventanas ni área de recreo y solo dos baños. "Los adolescentes vienen de un área cerrada [el centro de detención en Tapachula, México] a otra", dice la directora del centro, Ivonne Rivera.
Ivonne no puede ofrecer atención médica o psicológica a niños que la necesitan, y debe buscar medicinas para las enfermedades más comunes, como trastornos estomacales y dolores de cabeza.
Resultados
CRS y sus socios planean presentar este verano a los gobiernos y la sociedad civil recomendaciones dirigidas a proteger y cuidar mejor a los menores no acompañados. En una potencial segunda fase el proyecto monitorearía el impacto de estas recomendaciones sobre las políticas y prácticas relacionadas con los menores emigrantes.
Robyn Fieser es la asociada regional de comunicaciones de CRS para América Latina y El Caribe con sede en Guatemala.
