Entrevista con el director de Casa Alianza en Honduras

Por Sara Fajardo

Durante una visita a la sede mundial de CRS, nuestro socio en Honduras, José Manuel “Menín” Capellín, nos relata la triste realidad de la trata de jóvenes en su país. Capellín es el cofundador y actual director de Casa Alianza un programa que proporciona refugio y amor incondicional a niños desamparados.

¿Nos puede describir un poco la realidad que enfrentan los jóvenes hondureños?

José Manuel Capellín: Honduras tiene aproximadamente 7.2 millones de habitantes de los cuales el 51 por ciento son menores de 18 años. Es un país mayormente habitado por niños. El 80 por ciento de los habitantes del país vive en la pobreza y el 40 % vive con menos de $1 dólar al día. Según las cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se calcula que 500.000 niños entre 6 y 18 años trabajan; y de ellos 150.000 están siendo explotados. Se calcula que hay 10.000 niños en la explotación sexual comercial, niños obligados por adultos a vender sus cuerpos.

El fenómeno de la inmigración ¿cómo afecta a los niños con quienes trabajan?

José Manuel Capellín.

José Manuel Capellín es el cofundador y actual director de Casa Alianza un programa que proporciona refugio y amor incondicional a niños desamparados. Foto por Jim Stipe/CRS

José Manuel: En las décadas del 80 y el 90 los que emigraban hacia los EE.UU. eran los adultos porque no había trabajo. Desde la década del 2000, también emigran los niños. Aproximadamente EE.UU. y México deportan entre 80 y 90.000 hondureños. De esos, el 10 % son niños. El tema de la migración es un tema muy importante. Nuestra experiencia es que cuando los niños emigran solitos, tienen que salir de Honduras y pasar por Guatemala, México, y luego a los EE.UU., cuando salen solos en la ruta suelen caer en las redes de la explotación sexual y convertirse en víctimas de la trata de humanos.

Una niña me contó que su mamá se casó con un tipo que durante varios años la estuvo violando. Se cansó, y se fue de la casa, y un tío le dijo que la iba a ayudar. El tío la estuvo acosando sexualmente todo el camino, y al llegar a su destino ya no quiso seguir con la niña y trató de venderla y cambiarla por un carro. La niña se encontró con un oficial que la ayudó y la trajo nuevamente a Honduras. Evidentemente no todo los niños de Honduras viven esto pero hay muchísimos, de los que emigran, que sí lo viven. Estamos hablando de un porcentaje que vive una situación muy dramática.

¿Nos puede hablar sobre el programa que comenzaron para ayudar a niñas como la que acaba de describir?

José Manuel: Abrimos Casa Alianza -Covenant House en Honduras– en 1987. Es una organización estrictamente para niños en desamparo. Casa Alianza es la alianza que Dios establece y nosotros tratamos de establecer lo mismo con los niños. Cuando una niña llega queremos enseñarle cuánto la queremos, es importante que sepa que es bienvenida y que juntos vamos a volver a reconstruir su vida.

Nuestro trabajo comienza en la calle, trabajamos con niños y niñas entre 12 y 18 años. Lo único que pedimos a un niño que quiere estar con nosotros es que sea su decisión quedarse con nosotros. El segundo paso es que vienen a una casa, una residencia, abierta las 24 horas. Lo primero que queremos hacer es estabilizar al niño de sus traumas, apoyarlo espiritualmente, darle respaldo. Tenemos dentro de este refugio tres niveles de atención el primer nivel es para los primeros 30 días después que llegan, y se les brinda atención en el área de apoyo legal, de ropa, comida, protección, etc. En el segundo nivel, de un mes a cinco meses de estadía con nosotros: el niño dice “yo quiero quedarme aquí” y comenzamos a buscarle una escuela, a su familia y una orientación ocupacional. Si durante ese proceso encontramos a la familia y es posible, el niño regresa a su casa. Si no puede regresar a su casa, después de 5 a 6 meses vive con nosotros hasta que llega a ser mayor de edad o llega a la etapa en que puede enfrentarse a la vida solo.

¿Qué descubrieron al trabajar con estos niños?

José Manuel: En toda esta dinámica descubrimos que niños en explotación sexual no tenían ninguna posibilidad de recuperarse de esa situación. No había un albergue en Honduras, ni tampoco en la región, y Casa Alianza decidió abrir uno al que llamamos Querubines. En los últimos cuatro años hemos atendido a unas 250 niñas entre 6 y 18 que han pasado por el albergue. Lo primordial es proteger a la niña, lograr que se sienta segura, feliz, querida, y que recupere su alegría y su niñez. Es muy, muy difícil. Es como si rompo un vidrio, y lo reconstruyo otra vez; si pegas todos los pedacitos, siempre va a estar lleno de cicatrices. Nunca vamos a poder reconstruir las vidas de estas niñas, pero en Querubines, al menos van a estar protegidas y vamos a tratar de reconstruirlas.

Desde el inicio, la idea fue primero protegerlas del abusador, protegerlas de una sociedad que no quiere ni verlas, de ser prostitutas. Cuando una niña llega, unas que tienen 14 años y fueron rescatadas de un prostíbulo en otro país, vienen con infecciones venéreas, infectadas del VIH, embarazadas sin saber quién es el padre, y no quieren tener el hijo. Vienen con ideas suicidas, y para nosotros es una tragedia tremenda. Tenemos psicólogos, siquiatras porque las niñas quieren morirse. Nosotros les damos amor y respeto, las enseñamos que también hay adultos buenos, que las respetan.

Es muy importante hablar de sus dolores profundos. Hay niñas que pueden estar con nosotros entre 2 y 3 años al máximo. Estamos muy atentos a la eventual reinserción en la comunidad, para que cuando salgan de Querubines puedan comenzar un negocio, o conseguir un trabajo, y que puedan sobresalir.

¿Con qué dificultades se enfrentan al regresar a la sociedad?

José Manuel: El regresar a la sociedad y encontrar una sociedad que no es decente es complicado. Es una sociedad que te expulsó, te rechazó y siempre tienes que llegar mejor de lo que fuiste porque esa sociedad no está muy lista a recibirte. La manera de reinsertarlas es darles las herramientas, educarlas y capacitarlas. Yo no quiero que el niño o la niña viva toda la vida conmigo, quiero que la niña o el niño vuele solo. Nuestro logotipo es un pajarito que comienza a volar sobre una mano. El pájaro es el niño, el niño puede volar, pero la mano siempre esta ahí para recogerlo si se cae. Tenemos que crear redes, pequeñas empresas para que se reintegren en el ámbito laboral y escolar. Esto depende no solo del niño pero de todos los que lo rodeamos.

¿Por qué le pusieron el nombre de Querubines?

José Manuel: Para mí son como los angelitos que están al lado de Dios. Cuando yo estoy con las niñas me reafirmo más la existencia de Dios. Son seres limpios, la única desgracia es que les rompieron la infancia, que las traicionaron, pero no son culpables en absoluto. Yo les digo que son mis angelitos. Y me dicen, “abuelo pero yo no soy angelito, que a mí me hicieron esto”. ¡Pero sí lo son!

¿Cuál es su sueño para el programa?

José Manuel: Mi sueño es abrir un albergue nuevo, un programa que se llame Serafines que dé atención a los niños que han sido explotados sexualmente.

Yo creo que si este mundo tiene un porvenir, va a ser el mundo de estos niños y niñas, al luchar por ellos estoy protegiendo el mundo. Recibo gran ternura, aprendo muchísimo de ellos. Mi vocación de servicio se confirma, creo que hay que hacer esto. Me gusta lo que hago. Creo que es importante lo que hago. Estamos protegiendo a niños de lo que no es justo. Cada vez que veo un caso de estos pienso en mi esposa y en mis hijos y pienso que estos niños podían también ser mis hijos.

Sara Fajardo es asociada de comunicaciones de CRS. Trabaja en la sede mundial de CRS en Baltimore.

Si quiere hacer un comentario o alguna pregunta a Catholic Relief Services acerca de esta nota, por favor escríbanos a comentarios@crs.org.