El “Mitch” dejó un legado de generosidad y justicia
Por Kai T. HillEn cinco días llovió lo que usualmente llueve en un año.
El huracán Mitch acercándose a Honduras el 26 de octubre de 1998. Foto cortesía de NASA
Se suponía que octubre de 1998 iba a ser el final de la temporada de lluvias en América Central. Todos los trabajadores migrantes y los pequeños agricultores de los verdes y ondulados campos hablaban de las cosechas de noviembre, de los cultivos que son su medio de vida. En la zona norte de Honduras, un tapiz de maíz alto y verde, frijoles y otros cultivos estaban casi maduros. Grandes plantaciones de bananos, cocoteros y palmas aceiteras estaban en su mejor momento.
Podría haber sido la cosecha que las comunidades agrícolas habían esperado tanto. Pero a medida que se acercaba el fin de octubre, una realidad más abrumadora los afectó. Los informes meteorológicos de lo que sería la tormenta más devastadora en un siglo causaron pánico entre los habitantes de toda América Central. El huracán “Mitch” llegó como una tromba desde el Océano Atlántico, y trajo gruesas cortinas de lluvia y violentas ráfagas de viento de hasta 290 kilómetros (180 millas) por hora.
El huracán permaneció sobre Honduras durante más de tres días y asoló la norteña provincia costera de Colón. “‘Mitch’ puso a prueba la determinación de la gente, y cuando los golpeó, los golpeó duro”, recordó Doug Ryan, que en aquella época era el representante de Catholic Relief Services (CRS) en el país. Ryan, al igual que otros miembros del personal, se apresuró a socorrer a las comunidades afectadas en los días que siguieron a la tormenta.
Después hubo graves inundaciones y luego derrumbes que en el transcurso de un solo día cambiaron la población y el paisaje de las comunidades. Algunas zonas de Honduras y de la vecina Nicaragua soportaron los peores daños, seguidas por El Salvador y Guatemala. La cifra de muertos llegó a más de 10.000. Los medios de vida, los hogares y los cultivos sufrieron daños inmensos. Muchos puentes sucumbieron ante la violencia implacable de la tormenta. Incluso después que terminaron las lluvias y las inundaciones, los aludes de lodo sepultaron aldeas enteras. Quienes más sufrieron fueron las familias de las zonas rurales y montañosas, que ya contaban con muy poco.
Aunque el huracán “Mitch” ocurrió hace 10 años, la tormenta quedará grabada para siempre en los recuerdos de los sobrevivientes y del personal de CRS que se apresuró a ayudarlos. “Mitch” fue un momento decisivo para el modo en que CRS enfrenta las emergencias. También provocó un flujo sin precedentes de donaciones procedentes de comunidades en todo el mundo, incluso de parroquias de los Estados Unidos.
Hoy, CRS reflexiona sobre la resistencia y capacidad de recuperación de las personas que tuvieron el valor de reconstruir su vida, y sobre cómo los efectos de esta sola tormenta inspiraron un nuevo método para nuestra respuesta a desastres en todo el mundo. Este enfoque integral incluye salvar vidas, mantener los medios de vida y reconstruir la sociedad civil.
“Era la primera vez que CRS miraba la respuesta a una emergencia a través del ‘lente de la justicia’”, dijo Chris Tucker, que era directora regional de CRS para América Latina y el Caribe en la época en que “Match” azotó esa zona. Antes de “Match”, dijo Tucker, las respuestas de emergencia de la agencia se enfocaban en el auxilio inmediato y la recuperación en el lugar, y la recaudación de fondos en los Estados Unidos.
“El impacto de trabajar a través del lente de la justicia social fue que tuvimos muy en cuenta que sin una perspectiva más amplia desde la justicia, de alguna manera podríamos estar reconstruyendo la pobreza que existía antes”, explicó Tucker.
Una región en peligro
CRS trabaja en América Central desde 1959, por lo que ha acompañado a la región en muchos desastres, pero ninguno de la escala de “Mitch”.
Benicio López (a la dcha.) posa junto a José Romero, miembro del personal de CRS, frente al hogar construido por sus compañeros de trabajo cuando la casa de Benicio fue destruida por el “Mitch”. Foto de Hilda M. Pérez para CRS
“‘Mitch’ fue excepcional”, dijo Santos Palma, gerente de proyectos de desarrollo agro empresariales para CRS Nicaragua. Como integrante de una misión de rescate, entró con un barco de fibra de vidrio a las zonas bajas anegadas del norte de Chinandega, en Nicaragua. “Cuando ‘Mitch’ azotó la zona, comenzó con un sonido muy fuerte, como un trueno o una descarga eléctrica. Era una lluvia como nunca había caído en Chinandega; persistente y con gotas enormes. Impresionaba ver la rapidez con que subía el nivel del agua. En menos de una hora creció a por lo menos 40 centímetros y cubrió las aceras”.
Cuando empezaron las inundaciones, Palma inmediatamente pensó en las comunidades asentadas en terrenos bajos cercanos al río Estero Real, que es propenso a desbordarse. “En algunos casos, la crecida de los ríos cubrió completamente los techos de las pequeñas viviendas de la zona”.
Durante el huracán “Mitch”, dijo, “todos los días viajábamos por las carreteras inundadas o por encima de las cercas que dividían las propiedades, navegando con cuidado para no chocar con los animales ahogados: ganado, cerdos, perros, aves, mascotas (...) El olor era insoportable”.
En Honduras se estima que 1.900 milímetros de lluvia azotaron el país.
Como a muchos hondureños, la fuerza del huracán tomó a Benicio López desprevenido. A eso de las 10 de la noche, López, Encargado de Servicios Generales, oyó el sonido de madera quebrándose. Pocos minutos después su casa se desmoronó y se la llevó la feroz inundación.
“Nunca pensé que el huracán ‘Mitch’ sería tan bravo. Había poco viento y la lluvia no era fuerte. No tenía idea de lo que sucedería”, dijo López. “Por suerte, más temprano había llevado a mi esposa María y a mis dos hijos a la oficina de CRS en Tegucigalpa”.
Al entrar hoy en día a la oficina de Honduras, los visitantes pueden ver una gran carpeta negra con los recortes de prensa de “Mitch”. Cada temporada de lluvias reaviva los recuerdos del personal –como si hubiera sucedido ayer.
“Todos nos conmocionamos o nos sorprendimos de ver los daños que causó”, dijo Suyapa Hernández, que trabaja con CRS desde hace 20 años. Estaba en su casa mirando las inundaciones en el noticiero y recuerda ver a los presos que saltaban del techo de una cárcel a las aguas profundas.
En la zona noreste y sudeste de Guatemala, las comunidades se inundaron con las crecientes de las costas atlántica y pacífica. “Los caminos estaban cerrados de manera que tuvimos que buscar modos alternativos de llegar a las comunidades”, dijo Luis Alonso, gerente del programa de salud de CRS Guatemala. “Cuando llegamos, la gente estaba viviendo en medio del barro. No tenían casas. Vi niños que estaban con biberones en el barro. Esto llevó a problemas de diarrea, de pulmonía y de la piel”.
Una respuesta triple
“Mitch” se volvió un momento decisivo para el modo en que CRS responde a las emergencias.
Los países afectados estaban entre los más pobres del hemisferio occidental. Los pobladores del campo frecuentemente vivían sin agua corriente, electricidad o un techo digno. En Honduras estas frágiles viviendas de madera se conocen como bajareque. Pueden tener una cocina y un gran ambiente para una familia con entre cinco y siete niños. A veces animales pequeños comparten la vivienda.
Más de un mes después del paso del “Mitch”, el agua de las inundaciones todavía no había retrocedido en algunas partes de Honduras. Foto de Kim Burgo/CRS.
Para evitar la reconstrucción de las circunstancias que perpetúan la pobreza, CRS introdujo un enfoque triple a su respuesta a las emergencias. Este nuevo enfoque, desarrollado después de “Mitch”, incluye salvar vidas, mantener los medios de vida y reconstruir la sociedad civil. Comienza con suministros para las necesidades básicas, tales como los alimentos y artículos de higiene. Luego viene la restauración de la forma en que la gente genera ingresos y, por último, construir la autosuficiencia.
“Queríamos ir más allá del auxilio y el desarrollo para mirar las estructuras que existían antes de ‘Mitch’ y que harían que las personas más afectadas siguieran siendo pobres y vulnerables. Sabíamos que esto sucedería otra vez a menos que las relaciones cambiaran profundamente”, explicó Tucker. “Nos preguntamos qué relaciones tenían el mayor impacto sobre los pobres y qué debíamos hacer para mejorar las cosas a largo plazo y con resultados más alentadores”.
Jed Hoffman, que en 1998 era el representante de CRS en Guatemala, dijo: “‘Mitch’ nos despertó. Había llegado el momento de dar un paso atrás y diseñar un plan integral”. En 1999 Hoffman asumió la función de Tucker como director regional de la agencia para América Latina y el Caribe.
Los proyectos de CRS ayudaron a 3 millones de personas en todo El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Desarrollamos actividades en las áreas de agricultura, salud, agua y saneamiento, y mejoras de infraestructura tales como pozos de agua, escuelas, centros comunitarios, caminos y puentes. Un proyecto para supervivencia de los niños en Nicaragua suministró medicamentos que protegieron a los niños de las enfermedades infecciosas.
“Después del huracán nos habíamos comprometido con la Iglesia y las comunidades en que nuestra primera prioridad era lograr que los niños volvieran a la escuela y devolver cierta normalidad a su vida”, dijo Ryan con respecto a nuestra respuesta en Honduras. “Trabajamos día y noche para lograrlo, de la mano de comités a quienes dimos las palas para dejar al descubierto los salones de clase que estaban enterrados bajo toneladas de barro”.
Según Ryan, con este trabajo nació una sociedad nueva y autosuficiente. “La gente descubrió que el poder de su propia capacidad de unirse para tomar decisiones juntos, de movilizarse alrededor de la causa inmediata —lograr que los niños volvieran a la escuela— podía transformarse en una capacidad más amplia de participar en cientos de otras decisiones que afectaban su vida”.
En la actualidad se estima que 1.200 comités de preparación para emergencias trabajan en las regiones noreste y sudeste de Guatemala. El equipar a estos agentes de respuesta en las comunidades con herramientas sencillas les ha dado cierto grado de control sobre su destino. Cuando se dan las condiciones en que puede haber inundaciones, los pobladores son los responsables de observar los niveles de los ríos y de comunicarse por radio con otras comunidades propensas a inundarse. Al recibir una alerta adecuada, los pobladores pueden irse a terrenos más elevados. Hay comités semejantes en toda Honduras, Nicaragua y El Salvador, y han ayudado a mitigar el impacto de las tormentas.
Esta es una de las principales diferencias entre 1998 y la actualidad, dijo Hernández. “Ahora la gente del campo está capacitada y preparada. Saben a quién llamar, saben a dónde ir”, añadió.
La reconstrucción fue otra parte importante de la respuesta. A menudo, las estructuras que se destruyeron eran apenas trozos de madera unidos con clavos y con techo de paja. “Si se trata de reconstruir casas, es imposible reconstruir las mismas casas que tenían antes”, dijo Hoffman. “Se trata de reconstruir mejor”.
Las parroquias y nuestros socios locales fueron decisivos para ayudar a CRS a implementar nuestro nuevo plan de respuesta. Generalmente están muy al tanto de las necesidades de la comunidad. Luego que pasó la tormenta, fueron los sacerdotes de las parroquias quienes agarraron las palas y convocaron a la gente a desenterrar las casas de sus vecinos. “Trabajamos por intermedio de nuestros socios para lograr que estas comunidades se organizaran y tomaran decisiones importantes acerca de quiénes eran las personas más afectadas y qué actividades de desarrollo eran las más apremiantes”, dijo Tucker.
Una respuesta de los Estados Unidos sin precedentes
Como siempre, la capacidad de respuesta de CRS comenzó con los estadounidenses preocupados que no quisieron dejar de responder a un desastre. Cientos de miles de donantes generosos contribuyeron con su apoyo, su interés y sus oraciones.
“La proximidad y la inmediatez de la difícil situación de muchos centroamericanos a causa del huracán ‘Mitch’ cautivó las emociones de los estadounidenses”, escribió el Ken Hackett, presidente de CRS, en una rendición de cuentas del año 2000. “Esta crisis desencadenó el deseo de los estadounidenses de hacer algo que serviría a la vez para cumplir con su obligación de socorrer a los muy necesitados y también para reducir la vulnerabilidad a largo plazo de estos países pobres de América Central”.
Se recaudaron aproximadamente 83 millones dólares para responder al “Mitch”. Esta cifra fijó un nuevo punto de referencia en donaciones para un solo desastre.
Kai T. Hill es redactora para la página de internet de Catholic Relief Services. Su oficina está en la sede mundial en Baltimore, Maryland.
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