Un rescatador después del huracán Mitch pondera los éxitos

Santos Palma no trabajaba con Catholic Relief Services cuando el huracán Mitch azotó en octubre de 1998. Pero se metió de lleno y comenzó a rescatar gente en medio de las inundaciones y la devastación. Poco después –en enero de 1999– se unió a CRS Nicaragua como administrador de nuestro programa de emergencias. En esa función trabajó conjuntamente con el personal de Cáritas en Matagalpa y Jinotega y también con los gobiernos y organizaciones locales. Juntos ayudaron a 17.000 familias y colaboraron en la distribución de 8.500 toneladas de alimentos, además de otros esfuerzos de rescate.

Un sobreviviente explica cómo Mitch arrasó con la única fuente de agua en su comunidad.

Un sobreviviente explica cómo Mitch arrasó con la única fuente de agua en su comunidad. Foto por Jennifer Lindsey/CRS

Hoy en día, Palma es el gerente de programas de desarrollo agro empresarial con CRS Nicaragua.

CRS: ¿Dónde se encontraba cuando pasó el huracán Mitch? ¿Recuerda imágenes, sonidos, sensaciones de ese día?

Santos Palma: Cuando se presento el fenómeno de Mitch me encontraba en Chinandega, no tenía trabajo fijo. Apenas conocía a CRS por la administración de un pequeño proyecto en Somotillo, en el norte del departamento de Chinandega, que estaba financiado por CRS y administrado por el Proyecto “Fondo de Desarrollo”. Yo trabajé 16 años en ese proyecto; durante este tiempo participé en muchas acciones de salvamento de personas en riesgo. Casi siempre asumí la coordinación de este tipo de acciones en la zona baja de Chinandega. Esta zona abarca unas 150.000 hectáreas de tierras bajas donde hay tres ríos que provocan inundaciones: el Guasaule, el Gallo y el Hato Grande, que convergen y desembocan en el río Estero Real. Cuando el mar está crecido choca con el agua que viene de esos ríos y toda esta zona se convierte en un embalse. Entonces el nivel del agua crece de manera inimaginable, superando en algunos casos los techos de las pequeñas viviendas de la zona.

CRS: ¿Cuál fue su reacción inicial a toda la devastación? ¿Tiene grabado en la mente algún relato o hecho que viera durante este proceso y que quiera compartir con nosotros?

Santos Palma: Conocía el riesgo en que estaban las personas de las zonas bajas cerca del Estero Real en el Norte de Chinandega, por lo que me integré a las brigadas de rescate. Trabajé con la Cruz Roja y el ejército durante cuatro días. Por suerte en ese momento mi hermano contaba con una lancha de fibra de vidrio con capacidad para unas 100 personas bien apretadas. Con este equipo podíamos navegar sin arriesgar tanto. Salíamos de un lugar de la Villa 15 de julio con una persona de la Cruz Roja y otra del ejército. Navegábamos por las carreteras inundadas y podíamos pasar por encima de los cercos de las fincas. Durante el recorrido debíamos tener mucho cuidado para no chocar con animales ahogados: ganado, cerdos, perros, aves… había un olor insoportable en el ambiente.

Cuando llegamos a las primeras casas, encontramos mucha gente en los techos. Queríamos llegar a la zona donde pensábamos que la gente estaría corriendo mayor peligro, por lo que nos detuvimos y negociamos con ellos que regresaríamos a buscarlos más tarde. Ellos estaban en riesgo pero otros estaban en riesgo aun mayor.

Nunca voy a poder olvidar cuando encontramos a un señor de unos 70 años que estaba en las ramas más altas de un árbol. Estaba sin ropa y su cuerpo estaba cubierto de hormigas; temblaba de frío. No le quedaba mucha energía para resistir. Si no hubiéramos llegado, en poco tiempo se habría caído. Nos conmovió y dijimos, “este no puede esperar”. Después que lo ayudamos a quitarse las hormigas, mi hermano le dio una camiseta y después le dimos algo de comer. Este señor resultó ser el mejor guía que pudimos haber encontrado para la operación de rescate: el hombre conocía todas las rutas para llegar a donde nosotros queríamos ir.

Cuando llegamos al sitio planeado encontramos unas 250 personas: niños, mujeres, hombres y ancianos. Fue muy duro negociar quiénes se irían primero. Todos querían salir en el primer viaje. Fue increíble ver las reacciones de hombres jóvenes discutiendo y enfrentándose con nosotros y con unas mujeres embarazadas por un lugar en la lancha. Finalmente, después de varios minutos, los convencimos de que esperaran otro viaje. Salimos y navegamos con más de 90 personas. En otros casos fue menor el número de personas por viaje. Fue muy peligroso también para nosotros ya que en caso de naufragio podíamos morir todos. Gracias a Dios hicimos varios viajes hasta rescatar casi 500 personas durante el periodo de rescate. La lección que aprendimos es que los equipos que participan de estas operaciones de rescate tienen que estar preparados para lidiar con estas situaciones. Las personas en riesgo están atemorizadas y es muy difícil negociar con ellas.

CRS: ¿Había visto antes algo de esa magnitud?

Santos Palma: Mitch fue un fenómeno excepcional. Ya había pasado la experiencia del huracán Johann, pero cuando empezó Mitch, comenzó con un ruido como el que provoca un rayo o una descarga eléctrica. Fue una lluvia jamás vista en Chinandega: persistente y con gotas enormes. Era impresionante ver cómo subió el nivel del agua. En menos de una hora subió por lo menos hasta 40 centímetros por encima de las aceras. Algunas casas más bajas se inundaron; la ciudad se quedó sin energía eléctrica, sin agua y sin comunicación telefónica. Esto aumentó la desesperación de la población ya que se perdió el contacto con la familia y no se sabía lo que estaba pasando en el resto del país.

CRS: En vista de que la infraestructura quedó destruida y la gente tuvo que tomar iniciativas para cambiar y reconstruir su vida, ¿qué papel desempeñó Mitch en este proceso?

Santos Palma: Desde mi punto de vista, Mitch puso al descubierto la vulnerabilidad de Nicaragua. Me refiero al nivel de organización que existía para enfrentar este tipo de fenómenos, a la ubicación de las viviendas en zonas de alto riesgo y a la calidad de las viviendas de las familias más pobres. Desde Mitch, es claro que hay más conciencia de la población para organizarse y aceptar las recomendaciones para la construcción de infraestructura. Pero queda mucho por hacer en este tema.

CRS: Esto fue un operativo de socorro más allá de lo normal, que cambió radicalmente la forma en que CRS responde como agencia. ¿Puede decirnos cómo ocurrió esto?

Santos Palma: Comencemos por un proyecto de Rehabilitación Agrícola. Este proyecto fue diseñado no para reconstruir una fotografía de lo que había antes del Mitch, sino más bien se aprovechó el desastre para diseñar intervenciones que contribuyeran a mejorar las tecnologías que se usaban y el manejo de las actividades en las fincas familiares.

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Un camino destrozado por Mitch. Foto por Aida Vejzagic

Por ejemplo, se introdujeron una cantidad importante de sistemas y equipos de riego por goteo, con la finalidad de hacer ahorros de agua y mantener la producción constante durante todo el año. Se seleccionaron algunas zonas para la producción de cultivos como el maíz, el fríjol y las hortalizas. Se apoyó el establecimiento de vínculos con el mercado. Como los productores perdieron sus semillas por efectos del huracán, se hizo un sondeo de mercado sobre las semillas que tenían más demanda y que se pagaban mejor. Se introdujeron cantidades importantes de semillas mejoradas. Para garantizar que se generara un beneficio en cadena, se organizaron fondos renovables por comunidad: estos recursos se recuperaron y se continúan colocando y recuperando para beneficio de las comunidades.

Por otro lado en el tema de reforestación y protección de áreas, se introdujo un alto porcentaje de árboles frutales para los patios y los cercos de las fincas. Este esfuerzo fue exitoso, ya que las familias los cuidaron y ahora están recibiendo los beneficios.

Otro esfuerzo importante fue la organización comunitaria, que se desarrolló en coordinación con los gobiernos municipales. Capacitamos a los comités comunitarios, y les dimos el equipamiento para desarrollar actividades para prevenir y mitigar los efectos de futuros desastres como este.

CRS: Mirando al pasado, 10 años después del huracán Mitch, ¿cómo han cambiado las cosas o se han quedado igual en Nicaragua?

Santos Palma: En cuanto al país se cuenta con una estructura llamada Sistema Nacional de Prevención de Desastres “SINAPRED”. Es una red que tiene presencia nacional y en la cual participan instituciones, ONG, gobiernos municipales y otras organizaciones. A nivel local o municipal existen organizaciones para abordar el tema, y en las comunidades están los comités comunales. Las comunidades están participando activamente en el proceso de preparación y enfrentamiento ante la eventualidad de este tipo de fenómenos.

En cuanto a las fincas, los productores han tomado una seria de medidas para disminuir el impacto negativo de estos fenómenos. Por ejemplo, la construcción de obras de conservación de suelos y agua, el uso de tecnologías de riego para ahorrar agua, el uso de variedades mejoradas para aumentar productividad por superficie y no seguir ampliando la frontera agrícola y así evitar las quemas indiscriminadas. También se están usando cada vez más los árboles frutales: las familias los cuidan y contribuyen a su alimentación. Por otro lado, ahora se está viendo el impacto positivo de las intervenciones del proyecto de Rehabilitación Agrícola en producción, ingresos, generación de empleo y también en la existencia de los fondos renovables comunitarios por medio de los cuales se prestan algunos servicios financieros a las familias.


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