Programa beneficia ambos lados de la frontera
Durante la temporada de cosecha las mañanas nunca son tranquilas a lo largo de la cerca de acero y cemento que divide San Luis, México, de San Luis, Arizona. Vastos campos de lechuga se pierden en el horizonte. Esta lechuga debe ser recogida.

Un grupo de trabajadores agrícolas mexicanos, tanto locales como extranjeros, recogen lechuga en Yuma, Arizona. Foto por Sara A. Fajardo/CRS
En el pico de la estación de cosecha Yuma suministra el 90% de la lechuga que consume. La escasez de mano de obra ha creado una oportunidad para quienes estén dispuestos a hacer el arduo recorrido diario de un país a otro. Atraídos por salarios equivalentes a 10 veces el promedio de lo que pagan en sus localidades, miles de ciudadanos mexicanos, pasaporte en mano, realizan el cotidiano cruce antes del alba, pasan por la aduana y se adentran en territorio estadounidense.
Parada en medio del bullicio de las interminables filas de soñolientos trabajadores a las 3 de la madrugada, Janine Duron, comienza a vocear nombres. Duron es directora ejecutiva del Centro Independiente de Trabajadores Agrícolas (CITA). Jesús Cubillas, vocea Janine, y un joven se adelanta para recibir su pasaporte. La mujer de 28 años, farmacéutica de profesión, abre el documento oficial y observa la visa H-2A roja y azul de trabajador agrícola temporal.
El gobierno de Estados Unidos comenzó el programa de trabajadores agrícolas temporales para aliviar la escasez de mano de obra, complementando la fuerza de trabajo local fácilmente asequible con trabajadores temporales de países como México. Una vez que los empleadores han contratado la totalidad de la fuerza de trabajo local disponible, entonces pueden acudir al gobierno para que los autorice traer trabajadores temporales para realizar labores de cultivo y cosecha en sus campos.
Pobreza y posibilidades
Duron llama otro nombre y luego otro, 42 en total esta mañana. Uno por uno los obreros, calzados con fuertes botas de trabajo, vistiendo pantalones jeans y capas para protegerse del sol, recogen sus documentos oficiales. Observan el acrónimo H-2A, unos símbolos que para muchos marcan la diferencia entre una vida de pobreza y otra de posibilidades abiertas.
Catholic Relief Services inició un proyecto llamado Manos Unidas, en colaboración con las diócesis de Tucson (EEUU) y Mexicali (México), y creó CITA, una organización binacional sin fines de lucro. CITA ayudó a 700 trabajadores a obtener visas en el año 2007 y a otros 800 en 2008. Una especie de casamentera, CITA ayuda a aparear mexicanos en busca de trabajo con empresarios agrícolas estadounidenses. Difundido de boca en boca, el programa con su pequeña oficina en un edificio de bloques de cemento en el centro de San Luis, México, registró a más de 10.000 candidatos en menos de un año.
Fotografías de trabajadores en el campo y cartas escritas a mano con mensajes de "Tú eres importante" y "Gracias por tu duro trabajo" cubren las paredes azules y blancas de la oficina.

El trabajador temporal José Alberto Cota, de 25 años, carga cajas de lechuga en los campos de Yuma, Arizona. Foto por Sara A. Fajardo/CRS
"CITA está diseñado para contribuir a elevar los estándares de vida y de trabajo para los trabajadores y sus empleadores", explica Duron. Es una filosofía que caracteriza cada aspecto del trabajo de CITA. A los potenciales candidatos se les enseñan sus derechos y responsabilidades como trabajadores, reciben adiestramiento laboral y exámenes médicos, además de recordarles constantemente su valor como seres humanos y como empleados.
El costo de solicitar una visa es de $400, una suma prohibitiva para la mayoría de los aspirantes, de modo que CITA ofrece un pequeño préstamo sin intereses a los más pobres entre los pobres con el fin de darles la oportunidad de levantarse de la pobreza por sí mismos. Una vez que se investiga si los candidatos tienen antecedentes criminales, o cualquier otra información que les imposibilite obtener una visa estadounidense, los ejecutivos de CITA conducen una cantidad de trabajadores solicitados al consulado de Estados Unidos para proceder con el laborioso proceso de la solicitud de visa. Dos días después, Duron y otros empleados de CITA se hallan otra vez en la frontera, a las 3 a.m., repartiendo las codiciadas visas bajo el parpadeante resplandor naranja de la iluminación pública de la ciudad mexicana, antes de acompañar a los jornaleros a sus nuevos trabajos.
'Vale la pena'
Cada trabajador está preparado para los sacrificios del viaje diario a la frontera: largas horas haciendo fila, prolongados días trabajando bajo todas las condiciones: lluvia, viento, sol abrasador, lodo pegajoso a todo lo largo de los interminables surcos de distintos tipos de lechuga. La semana laboral a veces se extiende los siete días, trabajando hasta tarde y levantándose muy temprano para reanudar el trabajo.
Para Jesús Cubillas, el sacrificio es un pequeño precio que hay que pagar para poder ofrecerle una mejor vida a su familia. Como muchos jóvenes profesionales mexicanos, se le hacía difícil completar sus gastos con el magro salario que ganaba en la farmacia. La esposa y un nuevo bebé estrecharon aun más sus ya constreñidos límites. "Trabajamos tres veces más duro en los Estados Unidos ", dice Jesús refiriéndose al trabajo de campo "pero también ganamos tres veces más. Eso hace que valga la pena", agrega.
Son las 8 a.m. y el contratista José Carlos Gómez, de 38 años, supervisa sus campos. En la distancia, 22 trabajadores se mueven en oleadas rítmicas de inclinarse, cortar, recoger e introducir cabezas de lechuga en cajas. Unos metros delante de ellos, un camión especial recoge las cajas extendiendo su plataforma. Su sistema de poleas se mueve como las alas del avión de los hermanos Wright. Es el segundo año de Gómez con CITA, una organización a la que él le acredita haber ayudado a mejorar su negocio suministrándole una fuerza de trabajo leal y consecuente. Este año, tras llenar su nómina con los trabajadores locales que pudo reunir, Gómez contrató a 82 poseedores de la visa CITA H-2A. Espera contratar más el año próximo.

El contratista mexicano José Carlos Gómez ha empleado a trabajadores agrícolas temporales mediante el programa CITA patrocinado por Catholic Relief Services, para cosechar lechuga en Arizona. Foto por Sara A. Fajardo/CRS
Uno de los puntos fuertes de CITA es que pretende representar tanto al empleador como al empleado, sirviendo como un mensajero para asegurar que se satisfagan las necesidades de cada uno. La mediación entre las partes es un servicio gratuito que ofrece CITA, pero rara vez se necesita. Los trabajadores llegan adiestrados y listos para laborar.
'Las cosas son mucho mejores ahora'
En el pasado, Gómez tropezó con dificultades para sacar sus cosechas al mercado. Una fuerza de trabajo totalmente confiable era inimaginable. Los jornaleros esperaban en estacionamientos de autos y escogían dónde trabajar en base a cuál contratista les ofrecía mejor salario por el día. La nomina era un desastre: 30 trabajadores venían un día y tal vez 30 diferentes venían el día siguiente. Al final de la cosecha, él tendrá más de 2.000 formularios W-2 (informe a impuestos sobre la renta de los salarios pagados) y la misma cantidad para llenar el siguiente año.
Según Gómez, la introducción de los trabajadores CITA H-2A, ha mejorado la calidad general del trabajo. Algunos trabajadores locales observan lo confiables que son los trabajadores H-2A y se sienten compelidos a mejorar la calidad de su propia labor.
"Las cosas son mucho mejores ahora", expresa Gómez, "porque los obreros vienen ahora dispuestos a trabajar. Evitamos muchos problemas. Los campos son cosechados. Nunca perdemos cultivos por escasez de mano de obra".
Representantes de CITA recorren rutinariamente los campos para asegurarse de que la relación empleador-empleado se mantenga óptima. Ellos han observado una marcada mejoría de la percepción mutua entre trabajadores y patronos.
"Hay días en que esta gente no come. Hay muchas familias como esa. Uno necesita ir y ver para realmente valorar nuestra buena fortuna. Uno se encierra en su propio mundo y se olvida del otro lado. Gastamos $100 en nada, mientras hay gente que carece de 100 pesos para comer".
Pequeños triunfos
"Luis B Sánchez", también conocido como "Pueblo del Kilómetro 57", es un poblado formado por sencillas casas de bloques de concreto, casas rodantes de colores brillantes y una sección completa de estructuras de madera prensada y papel alquitranado. Los cambios que ha traído el programa H-2A se miden aquí en triunfos pequeños, casi imperceptibles: facturas pagadas, deudas canceladas, compras de comida, servicios de electricidad y agua reconectados.
María Refugio Valdez López, de 41 años, recibió un préstamo de CITA para pagar su visa, lo que ha transformado su vida. Esta madre soltera es la única que aporta ingresos a su familia de nueve miembros. Después de saldar sus deudas, Maria ha ahorrado lo suficiente para añadir una habitación a su casa, que solo tenía dos. Los niños dispondrán de más espacio, tendrán una pequeña sala que servirá para las reuniones dominicales, y las camas no seguirán apiñadas en los estrechos dormitorios.
A Maria le cortaron la electricidad el año pasado. Trabajaba en los campos mexicanos durante la parte más caliente del verano "para comprar un kilo de frijoles, un kilo de tortillas, nada más", afirma; "ni siquiera alcanzaba para el agua, el gas, la luz, nada", agrega.
CITA espera ayudar a la gente a evitar futuros padecimientos económicos enseñándoles a los miembros cómo elaborar un presupuesto, ahorrar y vivir dentro de sus medios.
Mientras tanto, María Valdez y otros trabajadores de CITA muestran su gratitud contribuyendo con el diezmo a su Iglesia Milagro de Dios. Han cambiado las puertas y paredes de madera prensada del local de la iglesia por cemento. El pastor ha podido adquirir un modesto sistema de sonido, un podio y banderolas con oraciones y salmos. Ya el piso no es de tierra. Ahora, cuando María canta sus alabanzas ya no siente el viento que se colaba por los huecos de las paredes de madera.
Sara A. Fajardo es asociada de comunicaciones de CRS para Latinoamérica y el Caribe. Recientemente visitó nuestro programa CITA en la frontera de los Estados Unidos con México.
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