La Jornada Mundial de la Juventud 2008
La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) es el encuentro de jóvenes más apoteótico del mundo y este año tuvo lugar en Sídney, Australia del 15 al 20 de julio. La JMJ es una peregrinación de fe, en la que jóvenes de muchas culturas se reúnen para compartir su experiencia de Dios.
A este encuentro de una semana asistieron el Santo Padre y cientos de miles de jóvenes. Unos 225.000 peregrinos se inscribieron para viajar a Australia de todas partes del mundo que incluyeron unos 27.000 de Norte América.
Heriberto, arzobispo O'Brian de Baltimore y Aurora a la Jornada Mundial de la Juventud 2008 en Sídney, el 19 de julio.
La Jornada Mundial de la Juventud fue establecida por Juan Pablo II en 1986 como un acontecimiento anual para acercarse a la juventud del mundo. Su inspiración surgió durante los encuentros juveniles masivos en Roma para celebrar el Jubileo de la Juventud en 1984 y durante el Año Internacional de la Juventud en 1985 patrocinado por las Naciones Unidas. Su deseo era de reunir a la juventud católica de todas partes del mundo para que celebraran y aprendieran sobre su fe con mayor regularidad.
Benedicto XVI ha continuado su sólido apoyo a la Jornada Mundial de la Juventud no solo como un encuentro sino también para brindar a la juventud la oportunidad de crecer en la fe y el amor. La experiencia crea puentes que cruzan diferentes culturas y costumbres, y también permite a la juventud la oportunidad de profundizar en el camino de la fe hacia una “formación del corazón”: “un encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro”. (Deus Caritas Est, 31)
Con estas palabras, el Santo Padre nos hace recordar que “el amor al prójimo ya no es un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad”.
Estas palabras tienen un significado especial para Catholic Relief Services. Auspiciada por la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos [USCCB], nuestra misión consiste en asistir a personas de escasos recursos y con dificultades económicas en el extranjero. En Estados Unidos, CRS llama a los católicos a vivir su fe en solidaridad con los pobres y los que sufren en todas partes del mundo.
Dos participantes de la JMJ seleccionados por CRS, Aurora y Heriberto, reconocidos por su liderazgo entre la juventud hispana de la Arquidiócesis de Baltimore, se comprometieron a escribir sus reflexiones sobre su experiencia en Australia. A su regreso de Australia, ellos expresaron su gran deseo de compartir sus experiencias con el Consejo de Jóvenes Hispanos de la Arquidiócesis y dialogar sobre las posibilidades de incorporar la solidaridad global en sus programas o actividades.
Heriberto
Reflexión antes de la partida
Cuando el año pasado me ofrecieron la oportunidad de ir a la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney y después de escuchar una breve explicación, dije: “¡Seguro!” Tengo que reconocer que no sabía con seguridad a qué estaba diciendo que sí. Mi intención era leer el material que me había dado la Arquidiócesis y mirar la página web de la Jornada, pero siempre estaba demasiado ocupado. Finalmente, pude leer un poco más sobre la Jornada recién hace un par de meses. Y lo que leí decía muy claramente: “Esto es una peregrinación, no unas vacaciones”. Pensé: “Bueno, está bien, eso es entendible… ¡espérate! ¿Qué es eso?”
Heriberto, participante de la Jornada Mundial de la Juventud 2008.
Por unos momentos quedé como congelado, no tanto por confusión o sorpresa, sino porque no me había detenido a pensar en eso. “¿Una peregrinación? ¿Qué tipo de peregrinación?” Así que seguí leyendo sobre el encuentro, sobre las sesiones de catequesis y la Vigilia. Durante la reunión de la delegación, la gente de la Arquidiócesis de Baltimore nos habló sobre el Festival de la Juventud y el Vía Crucis. En ese momento comprendí en lo que me había metido: “Voy a hacer una peregrinación”. Y toda peregrinación requiere que uno vaya en busca de algo, aunque lo que uno encuentre quizás no sea lo que esperaba. Honestamente no me había parado a pensar en qué es lo que busco en mi peregrinación. He seguido dándole vueltas y la verdad es que todavía no puedo decir exactamente qué es.
Sin embargo, saber que un cuarto de millón de jóvenes de todas partes del mundo estará buscando ese regalo que Dios tiene para nosotros me hacer sentir entusiasmado. Vamos a celebrar la Eucaristía junto con 250,000 personas, compartiendo la misma fe, el mismo sentimiento de admiración y humildad, arrodillándonos frente al cuerpo vivo de Cristo. Con solo pensar en eso ya estoy bien entusiasmado… y esperanzado.
Muchos dicen que la Iglesia está declinando. Aunque a veces yo siento lo mismo, espero ver la prueba viviente de que la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, está viva y vibra al ritmo de muchas naciones. Tal vez esto es parte de lo que estoy buscando: esperanza frente a la adversidad. Son muchas las dificultades que han llevado a que los jóvenes hispanos dejen de ir a misa y a los grupos de jóvenes. Al ver a todas estas personas reunirse en la misma fe, espero poder decirle a todo el mundo (especialmente a los jóvenes): “aquí está el futuro de nuestra Iglesia y, ¿saben qué?, somos parte de ese futuro”.
Quizás al ver a todos estos jóvenes reunirse por la misma razón, esta idea clara de una Iglesia, universal, nos inspirará y nos demostrará que no estamos solos. Yo sé que Dios tiene algo para mí en Sydney. Aunque no sé exactamente lo que es, sé que va a ser para bien. Yo confío en que cuando regrese voy a ser una persona mejor y que estaré más fuerte en mi fe.
Reflexión 1: 16 de julio de 2008
Sydney es una ciudad muy acogedora. Pusieron letreros para la Jornada Mundial de la Juventud por todas partes, dando la bienvenida a los peregrinos, y la gente aquí ha sido muy cordial con todos los que vinimos. El miércoles tuvimos nuestra primera sesión catequética y nuestro catequista fue el obispo Luis Antonio de Filipinas. Es muy joven y enérgico, el tipo de persona que atrae a otros jóvenes. Nos habló sobre la naturaleza del Espíritu Santo, no solo con sus propias palabras sino también con la Palabra de Dios a través de lecturas de la Biblia. Nos desafió preguntándonos: “¿Para qué vivimos?” Pues, si no es por el Espíritu Santo, no podemos vivir como Jesús vivió. El obispo nos habló sobre cómo el Espíritu no nos enseña algo nuevo, sino que nos recuerda y nos clarifica lo que Jesús vino a enseñarnos acerca del Reino de los Cielos. El Espíritu Santo nos recuerda esas enseñanzas en medio de este mundo lleno de tensiones y de días atareados que a veces nos las hacen olvidar. También nos habló sobre cómo el Espíritu Santo nos transforma en verdaderos hijos de Dios. Sin ninguna duda, es a través del Espíritu que podemos entender mejor la Palabra de Dios. Él nos da la fortaleza y la sabiduría para poder vivir lo que nos enseña la Palabra.
La Jornada ha empezado muy bien y sé que me esperan más cosas buenas.
Reflexión 2: 18 de julio de 2008
En la sesión catequética del jueves, que se llevó a cabo en la Parroquia María Inmaculada y San Atanasio en la zona de Manly, tuvimos de catequista al obispo Kieran Conry de Inglaterra. Nos habló sobre la importancia de la comunidad dentro de la Iglesia y sobre el Espíritu Santo dentro de ella. Nos habló de unidad; de cómo todos somos uno en la Iglesia, sin importar las razas. Dice en 1 Corintios 12,12-13: “Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo.” Ese cuerpo es la Iglesia, con Cristo como cabeza, y todos somos uno en la Iglesia por el Espíritu Santo. Esto me hizo pensar en la discriminación que hay en el mundo. Es muy triste ver que hay discriminación. Yo creo que la Iglesia debe ser el lugar donde todos son bienvenidos y, de esa forma, dar un ejemplo al resto del mundo, un ejemplo de unidad.
Yo quisiera que todo el mundo pudiera ver la congregación de países que hay aquí, la variedad de culturas, de tradiciones, de dones del Espíritu Santo. El obispo dijo muy claramente que tenemos que aprender a vivir en comunidad, a vivir juntos. También mencionó que “muchas veces pensamos en la gente joven como la Iglesia del futuro, cuando en realidad es la Iglesia de ¡HOY!” ¡Yo estoy totalmente de acuerdo! ¡Nosotros, la gente joven, tenemos que movernos y participar ahora! Así traemos nuestro entusiasmo, nuestra pasión, nuestras fuerzas y dones a la Iglesia y completamos la comunidad. Los que estamos aquí en la Jornada Mundial de Jóvenes 2008 tenemos la bendición de estar participando en la Iglesia de una manera u otra, pero ahora tenemos que motivar a otros a que se acerquen a Dios. Los jóvenes también a veces enfrentamos discriminación de parte de nuestros mayores, cuando nos dicen “Tú eres muy joven y no sabes lo suficiente” y algunas veces tampoco nos dejan contribuir nuestras ideas. Esto es algo que también se debe tomar en cuenta. Como San Pablo dice en su primera carta a Timoteo 4,12: “Que nadie menosprecie tu juventud. Procura, en cambio, ser para los creyentes modelo en la palabra, en el comportamiento, en la caridad, en la fe, en la pureza.”
La sesión catequética del viernes fue muy buena. Se llevó a cabo en el mismo lugar de la primera sesión, en la Parroquia Holy Trinity de Merrylands. El obispo Thomas Burns de Inglaterra fue nuestro catequista, una persona afable y de mucha sencillez. El obispo dijo algo que me ha quedado grabado: que tenemos que hacer Iglesia dondequiera que estemos. Para ilustrar este punto, nos dio un par de ejemplos contundentes. Él es obispo de las fuerzas armadas del Reino Unido. Ha celebrado misa usando un torpedo como mesa para el altar y también en un compartimiento de misiles. Mientras celebraba misa en estos lugares, él y su congregación rezaban para que esos misiles y torpedos nunca se usaran. Tenemos que hacer Iglesia: evangelizar no solamente con nuestras palabras, sino también con nuestras acciones, dondequiera que estemos. Y por esta misma razón, enfatizó lo siguiente: “¡Atiendan al presente!” Esto es especialmente cierto para los jóvenes que han participado en la Jornada. Tenemos que tomar el poder del Espíritu Santo que ha descendido sobre nosotros y actuar ahora en nuestras parroquias, en nuestras familias, en nuestros trabajos; dondequiera que estemos. Debemos ser lámparas con esa luz que Jesús nos ha dado y así brillar intensamente en la oscuridad.
Reflexión 3: 21 de julio de 2008
La Jornada Mundial de la Juventud 2008 en Sydney, Australia, ha llegado a su fin y se ha cerrado con un broche de oro. Tuvimos una misa para todas las delegaciones estadounidenses y luego caminamos hasta el hipódromo Randwick para la Vigilia final con el Papa. Mientras caminábamos pudimos sentir verdaderamente que estábamos en una peregrinación. Cuando llegamos al hipódromo y nos acomodamos en nuestro lugar asignado, me tomé unos minutos para recostarme y mirar el cielo australiano mientras reflexionaba sobre todas las cosas que habían pasado. Pensé en las sesiones catequéticas, en las personas que había conocido esa semana en los diferentes encuentros de la Jornada, en los trenes y en las calles. Pensé en los peregrinos con letreros que decían “Abrazos Gratis, comparte el amor de Dios”. Me di cuenta de lo bien que me había sentido al poder expresar mi fe, hablar de Dios, reír, llorar y conocer gente de todo el mundo que siente el mismo amor por Él y el mismo deseo de seguirlo. Después de un rato, me puse a caminar por el lugar y hablé con unas personas de Argentina y de Alemania. El momento que realmente me emocionó fue cuando tuvimos la Adoración del Santísimo durante la Vigilia: miles y miles de personas adorando el Santo Cuerpo de Jesús. Aunque quizás estaba situado a media milla de la tarima, yo podía sentir Su presencia a mi lado. Había miles de personas, pero aun así todo estaba en calma, todo el mundo siguiendo la oración. Fue una sensación maravillosa y sin duda fue una bendición el haber podido compartir un momento tan intenso con tanta gente. Ese fue para mí el momento culminante de la Jornada. Ahora estoy en condiciones de compartir ese momento con mi comunidad. En algunas parroquias (como la mía), se acerca poca gente cuando tenemos Adoración del Santísimo. Este momento me ha inspirado y espero que a todos los que se lo cuente puedan ver el poder y la belleza de la Adoración.
El ver a la gente joven tan unida en este momento y en toda la Jornada me hace tener esperanza en un mañana mejor. La nueva generación está trabajando para hacer que este mañana sea hoy; es la luz brillante de la esperanza para el futuro de nuestra Iglesia y del mundo.
Reflexión final
Bueno, ya estoy de regreso en Maryland. Disfruté tanto la Jornada Mundial de la Juventud que me hubiese gustado que durase unos días más. No me hubiese molestado tener algunas sesiones catequéticas o algunos talleres más. Pero, por otro lado, ahora tengo la oportunidad de compartir mi experiencia con la comunidad, especialmente con los jóvenes. Ahora puedo traer lo que aprendí y ponerlo a trabajar para el Señor y para nuestra Iglesia.
Una cosa que quisiera compartir con mi comunidad es algo que el Santo Padre dijo en su discurso durante la Vigilia: “La unidad pertenece a la esencia de la Iglesia (vea, Catecismo de la Iglesia Católica, 813); es un don que debemos reconocer y apreciar. Pidamos esta tarde por nuestro propósito de cultivar la unidad, de contribuir a ella, de resistir a cualquier tentación de darnos media vuelta y marcharnos”. He visto en varias ocasiones a jóvenes que sucumben a esta tentación y se alejan de la Iglesia, y yo también la he sentido en momentos de debilidad. Más aun, el Papa dijo: “La Iglesia tiene especialmente necesidad del don de los jóvenes, de todos los jóvenes”. De esta manera el Papa, en el nombre de Jesucristo, llama a los jóvenes. El Papa confía en nosotros, pero más aun, Dios confía en nosotros para trabajar en Su obra aquí en la Tierra. Quiero transmitir estas palabras y el testimonio de la prueba viva que era aquella multitud de jóvenes de tantas naciones a mi comunidad y ¡a cualquiera que me escuche! Debemos permanecer unidos en Cristo con el Espíritu Santo y mostrar a este mundo dividido por la ira, el miedo, la política y por tantas otras cosas, el poder de la unidad en el amor verdadero y eterno de Dios que puede hacer del mundo un lugar mejor.
Esta Jornada fue una gran congregación de jóvenes y yo creo que nos ha inspirado a todos los que estábamos allí. Ahora, miles de jóvenes han regresado a sus países y están transmitiendo todas las cosas que aprendieron a sus compañeros y a sus comunidades. ¡Qué gran fuerza multiplicadora! Ahora espero con ansia la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que será celebrada en Madrid, España en 2011. A cada joven que esté leyendo estas reflexiones, le digo: “Cree con todo tu corazón que Dios tiene algo para ti; ¡cree en su amor infinito!”
Aurora
“El llamado”, Antes de viajar, 28 de junio de 2008
El año pasado fue la primera vez que escuché sobre la Jornada Mundial de la Juventud. Muchos me preguntaron si pensaba ir. “Será en Australia esta vez”, me decían. Aunque realmente quería ir, sabía que no podía. Había sometido una solicitud para un curso intensivo de verano en una universidad distinguida y fui seleccionada para recibir una beca completa con la condición de que fuera aceptada. ¿Cómo podía dejar pasar esa oportunidad? Logré ser candidata en la lista de espera para el curso de verano de este año, y esperaba atenta una respuesta.
Aurora, participante de la Jornada Mundial de la Juventud 2008.
Mientras tanto, mi hermana que vive en California y a quien rara vez veo, me dijo que estaría estudiando en el este de Estados Unidos en junio, y que le gustaría que nos encontráramos después de que terminaran sus cursos. Estaba tan contenta al saber que mi hermana vendría a visitarme ya que sería la primera vez que la veía desde que me fui de California hace 8 años.
Todo estaba perfecto, hasta que vi el calendario y me di cuenta… ¡Las fechas! El día que su curso terminaba el mío empezaba; “¿qué voy a hacer?”, pensé. Entonces esperé… y esperé… deseando recibir pronto una respuesta de la escuela. A finales de mayo le dije a mi hermana que comprara su boleto de regreso de avión con salida desde Baltimore; pensé que ya no iba a ser aceptada. Algunos días después, cuando ya el boleto de avión se había comprado, recibí un e-mail de la escuela notificándome que algunos puestos se habían abierto, y me preguntaron si todavía estaba interesada en ser considerada como candidata para el curso de este año. Por supuesto les respondí inmediatamente... “Sí estoy interesada!”; allí comencé de nuevo la espera.
Estaba entre la espada y la pared. Si me aceptaban en el curso, sería una oportunidad muy buena para mí, pero no iba a poder ver a mi hermana, ni encontrarme con ella en Nueva York, como habíamos planeado. ¿Cómo la iba a dejar sola en Nueva York? ¿Vendría en Baltimore? ¿Sería posible cambiar su vuelo? Si no me aceptaban en el curso sí sería posible encontrarme con ella.
Después, me invitaron a presentar un tema en un retiro de la parroquia, en julio; si me aceptaban en el curso no podría ayudar en el retiro. Tantas cosas… no sabía qué hacer.
¿Y qué hace uno cuando no sabe qué hacer? Pedirle a Dios ayuda… ¿qué más? Oré y oré. Le dije a Dios que no podía decidirme por mí misma; quería que Él decidiera por mí. “Haré lo que Tú quieras que haga; iré a donde Tú quieras que vaya”, le dije, “solo guíame”.
Resultó que no me aceptaron en el curso de verano. Pero no me sentía triste ni desanimada, al contrario, estaba bien contenta porque iba ver a mi hermana y porque iba a poder ayudar en el retiro. Pensé que quizás Dios quería que me quedara aquí para presentar la charla.
Mi hermana vino, nos divertimos, y el martes, 17 de junio, se fue.
El miércoles, 18, en la tarde recibí una llamada. “Aurora, uno de los participantes de la Jornada Mundial no puede ir. ¿Quieres ir en su lugar?” No sabía cómo reaccionar. “¡Sí!” le quería decir, pero luego pensé, ¿y el trabajo?, ¿y el compromiso que tenía con el retiro?
Esa noche hablé con el coordinador del retiro, y me dijo, “Ve”. El próximo día, 19, averigüé con el trabajo, y el viernes 20, se hizo oficial… ¡Me voy a Australia!
Le pedí a Dios que decidiera por mí, que me dijera adónde ir este verano, y me tomó de sorpresa. No me lo esperaba. Esto será el acontecimiento más grande que se haya llevado a cabo en Australia en toda su historia – ¡aún más grande que las Olimpiadas! Miles de jóvenes de todo el mundo se unirán en el nombre de Dios… el futuro de la Iglesia.
Realmente estoy bendecida; las palabras no pueden expresar lo que siento. Sé que al final de cuentas, fue Dios quien quería que yo fuera, pero aún no sé por qué. Solo sigo pensando, “¿Por qué yo? ¿Por qué me toco a mí ir?”
Hablé con la persona a quien voy a reemplazar en la jornada. Le di las gracias y le dije cuánto hubiera querido que las dos fuéramos. Me dijo que no me preocupara porque todo pasa por una razón, y que quizás era a mí a quien le tocaba ir, y no a ella.
Dios es tan grande, y el modo en que trabaja nunca me deja de sorprender. No sé cuál es su plan para mí o lo que Él quiere que haga… pero si Él me dice ve, yo iré.
Reflexión 1: Misa de bienvenida
El sábado 12 de julio me reuní con los otros peregrinos de la Arquidiócesis de Baltimore para comenzar nuestra jornada; estábamos comenzando nuestro viaje hasta el otro lado del mundo, en una peregrinación donde nos juntaríamos con otros 400,000 jóvenes de todas partes, para celebrar nuestra fe junto al Papa Benedicto XVI.
Llegamos a Sydney el lunes, 14 de julio. El día siguiente fue la misa de bienvenida. En el tiempo que llevo en esta peregrinación, esta misa ha sido la experiencia que más a llegado a mi corazón. Cuando íbamos caminando al sitio donde sería la misa, en Barangaroo, vimos muchos grupos en la calle cantando alabanzas a Dios en muchos idiomas. Antes de empezar la misa estuve hablando con un peregrino de Francia. A nuestro alrededor había banderas de todos los países que uno se puede imaginar... hasta de algunos países que aún no sabía que existían.
Lo que más me conmovió fue ver a tanta gente de diferentes partes del mundo con banderas, idiomas y culturas diferentes, conviviendo unos con otros. Sin embargo, durante la misa nada distinguía uno del otro. A pesar de nuestras diferencias, cuando nos reunimos en el nombre de Dios, todos somos iguales. Todos celebramos la misma misa. Esto ha reforzado en mí el concepto de que somos uno: un cuerpo y una Iglesia.
Viendo todo esto ha hecho que mis amigos en casa (los feligreses del Ministerio Hispano) estén en mis pensamientos. Al ver a tanta gente de todo el mundo celebrando la gloria de Dios, quisiera que ellos también fueran parte de esto. Ya sé que una de las razones por las que Dios me trajo aquí es para que pueda llevarles esta experiencia, y así, por medio de mí, ellos también puedan vivir esta experiencia.
Con todo esto en mi mente, y sabiendo que soy una persona quien representa muchos más que no pudieron venir, veo otra vez a todos los peregrinos. Pero esta vez no solo los veo a ellos; veo también a toda la gente que representan, a todos aquellos que no pudieron venir. Puedo ver los sacrificios que hicieron para poder estar aquí, y la fe para poder discernir el llamado que Dios les ha hecho a cada uno de ellos.
Reflexión 2: La llegada del Santo Padre
El jueves, 17 de julio, el Santo Padre llegaría en barco a al puerto de Sydney. Nosotros teníamos planeado ir a verlo en Barangaroo, donde daría la bienvenida a todos los peregrinos... pero inesperadamente tuvimos un cambio de plan.
Esa mañana tomamos un barco a Manly, donde asistimos a una sesión catequética. Teníamos programado tomar el barco de regreso antes de que cerraran el puerto por la llegada del Santo Padre. Todo iba como estaba planeado, hasta que el barco de pronto se detuvo... ¿Qué pasó? ¡El Papa había llegado! Habían detenido todos los barcos en el puerto. Todos en nuestro barco corrieron hacia el lado izquierdo para tratar de ver al Papa. ¿Cuál es el barco del Papa?, todos se preguntaban. Nadie sabía en cuál de los barcos en la procesión estaba el Santo Padre, pero cada quien trataba de adivinar.
Nos quedamos en el barco por un buen tiempo después de que la procesión se fuera de nuestra vista, porque el Santo Padre todavía estaba en el puerto. Pero al contrario de los australianos que estaban con nosotros en el barco, y quizás tenían que llegar a algún lado, nosotros teníamos planes un poco más flexibles y ninguno estaba preocupado. Al contrario, el fruto de esta situación fue una plenitud de talentos por parte de nuestro grupo de la arquidiócesis. Se cantó, bailó, hubo obras de magia, y un poquito de todo, no solo de parte de los jóvenes, sino también de los jóvenes de corazón. Fue tan bonito para mí ver cómo los jóvenes pudieron animar el espíritu de niño que todos tenemos en el corazón, aun de los que no participaban, porque también ellos sonreían o se reían allí con nosotros.
Cuando al fin nos bajamos del barco ya era demasiado tarde para llegar a Barangaroo para escuchar el mensaje de bienvenida del Santo Padre, fue entonces que decidimos ir a un punto del camino que él seguiría para ir a la Catedral de Saint Mary, y así tratar de verlo de cerca. Nos separamos en grupos más pequeños. Dos personas y yo decidimos ir a Hyde Park, que está a un lado de la Catedral de St. Mary; allí esperamos a que pasara. Mientras tanto pudimos hablar con gente de todas partes del mundo, incluyendo: México, Filipinas, India, Bahrain y muchos lugares más; ¡Esto hizo darme cuenta que tengo que repasar la geografía, especialmente a la de las islas! Tan prono los innumerables helicópteros empezaron a acercarse, ya sabíamos que no tardaba en pasar el Papa. Finalmente pudimos ver el papamóvil acercándose; todos empezaron a aplaudir y gritar. Aunque pasó volando, alcancé ver al Papa Benedicto XVI de una distancia de quizás cuatro metros – ¡Qué emoción!
Después esa noche, algunos de nosotros fuimos al Domain para cambiar nuestros cupones de comida para la cena. Escogimos un lugar donde sentarnos en el pasto, y ahí comimos nuestra cena mientras disfrutamos de una obra presentada por un grupo de aborígenes.
Todo hasta ahorita se ha sentido como un sueño. Un mes antes no planeaba viajar a Australia. Pero todo esto de veras me ha permitido dar testimonio del poder del Espíritu Santo.
Reflexión 3: 19 al 20 de julio
El sábado y domingo viví unas de las mejores experiencias de mi vida. El sábado por la mañana asistí a misa junto con otros 14,000 estadounidenses. Fue una misa especial para todos los peregrinos de los Estados Unidos. La música, la misa, la gente... todo estuvo maravilloso. El Arzobispo O’Brian de Baltimore también estuvo ahí con nosotros, él también era un peregrino. Nos acompañó después de la misa y en varias otras ocasiones para poder compartir esta experiencia con nosotros.
Después de la misa empezó la caminata de la peregrinación. Cantábamos, alabábamos y ondeábamos nuestra bandera de Maryland con mucho orgullo; fue una experiencia muy divertida. Pero luego llegó la subida; era tan larga la distancia que se sentía que no había fin. No estaba muy cansada de la caminata, pero sí un poco adolorida. Pero reflexioné en cómo Dios me ha bendecido con la habilidad de caminar, así que ahorita que todavía puedo, caminaré a pesar de la distancia.
Cuando llegamos a Randwick Race Course, encontramos nuestro sitio designado y acomodamos nuestro campamento. Esa noche el Santo Padre dirigió la vigilia y la adoración al Santísimo. Al mirar a mi alrededor, veía cientos de miles de personas, jóvenes con velas en las manos y alabando a Dios.
En la mañana siguiente el Santo Padre celebró misa con nosotros. Su mensaje para nosotros tocaba el corazón; fue como un abuelito hablándoles a sus queridos nietos. Hubo dos puntos en particular que me tocaron más que nada. Primero, nos dijo que no debemos tener miedo de escuchar al Espíritu Santo y oír a que nos está llamando a hacer. A veces nosotros mismos no nos permitimos escuchar y a veces pensamos que no somos capaces de hacer lo que estamos llamados a hacer. El Santo Padre nos recordó que tenemos que tener fe en el Espíritu Santo, que lo tenemos que tomar de la mano y dejarnos guiar por Él; tomar ese paso de fe sin miedo. Segundo, nos dijo que tenemos que empezar a construir nuestro futuro hoy en día. Nosotros, los jóvenes, somos la Iglesia de ahora. ¿Entonces qué nos traerá el mañana? ¿Qué es lo que vamos a dejar para las generaciones del mañana?
La misa terminó con una bendición del Papa, que fue dirigida a cada uno de nosotros los peregrinos: “Que la paz del Señor esté siempre contigo”. Y aunque ya sé que no me escuchó, le respondí, “Y con tu espíritu”. La misa había terminado, y me quedé con un mensaje y una obligación muy fuerte y muy importante: dar testimonio de Jesús en el mundo.
Reflexión final: Regreso a la realidad
Han pasado casi tres semanas desde que estuve en Sydney, en medio de 400,000 personas de todos los lugares del mundo. Por una parte, se siente que fue algo lejano, como un sueño que tuve hace mucho tiempo. El impacto de “regresar a la realidad” fue bastante fuerte. Viniendo de un lugar donde todos vivían en armonía, aprendiendo sobre su fe y adorando a Dios, a un lugar de trabajo estresante y exigente, con reuniones, conflictos, y por si fuera poco, con un resfriado severo, me hizo darme cuenta que la misión que Dios tiene para mí no será para nada fácil.
Decidí tomarlo paso a paso. Aprendí que si algo no se termina hoy, no es el fin del mundo, por lo tanto no hay necesidad de estresarse tanto.
Descubrí también que los obstáculos más grandes no están en las innumerables obligaciones. Me di cuenta que los obstáculos más grandes son las dificultades que enfrentamos día tras día, esas pequeñas cosas que afectan la manera en que reaccionamos al mundo que nos rodea y algunas veces, al juntarse, nos pesan tanto que nos arrastran. Las dificultades y estrés de “la vida real” pueden hacer que nos olvidemos de nuestra misión.
En estos tiempos he encontrado que la oración es lo que me da fuerzas para seguir adelante. Aunque hay algunos días que pienso ¿por qué hago lo que hago?, y me pregunto, ¿qué gano con todo esto? Entonces veo a los monaguillos sirviendo con orgullo, a los jóvenes cantando en el coro, a la joven pareja bautizando a su bebe recién nacido y a toda mi comunidad, y me doy cuenta que todo lo que hago no es para mí, no es para lograr un deseo personal; es para ellos, y sobre todo para Él.
Entonces, día tras día, sin importar las dificultades que presenta la vida real, tomo a Dios de la mano y dejo que me guíe.
